Caminamos y a los pocos minutos ya todo estaba oscuro, los árboles más grandes se entrejen arriba, y no dejan pasar la luz del sol.
La noche vivía allí.
No entendía de qué río o caño hablaban, aquello era una ciénaga, con barcos y tanqueros petroleros encallados, unos aquí, otros mas allá.
-Espérate y verás.
Este es un caño de marea, cuando la marea suba, el mar llegará hasta aquí, y los montruos de petróleo flotarán como pedacitos de madera, escucharás el canto de las olas, y verás cómo brillan los peces más extraños del universo.
Al fin tomamos nuestro bote, una curiara guarao, hecha de troncos seleccionados en lo mas oculto de la montaña, y bajada hasta el caño con cantos y ritos sagrados.
Al cabo de un rato llegó el mar en todo su esplendor, la curiara corría caño abajo.
A dónde llegaremos por aquí, pregunté:
-A Trinidad -me respondieron.
Los ojos de los guaraos, periscopios que acechan detrás del espeso monte, las boas y caimanes tropezaban de vez en cuando con nosotros.
Otros botes, mucho más pequeños, a remo, nos saludaban cargando sus mercancías: ocumo chino, yairenes, parchas y flores exóticas:
-Boca de Dragón -gritaron.
Estamos en Trinidad.
Mi tía abuela esperaba sentada sobre unos bultos, lucía una bella pañoleta roja, un diente de plata y unos zarcillos de semillas de auyama.
-Vámonos rápido -dije.
Aquel ambiente de negros políglotas me asustaban.
Mi tía abuela rió como una guacamaya y dijo:
-No seas cobarde, hay que esperar que la marea suba.
E hicimos la misma travesía, pero ahora cuesta abajo, llegamos a la camioneta, mi tía nos dio dulce de plátano que traía escondido debajo de la falda, y siguió hablando en patois, sin importarle que nadie le entendiera.
Gracias por su lectura.