Caño de marea/Por @acostacazorla

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Una vez más, dejo para su consideración un relato que he titulado:

Caño de marea

Era una camioneta de doble tracción, 4x4, pero ni siquiera ella llegaría más allá; el camino se hacía fangoso, una especie de arenas movedizas, mucho monte y troncos que el río traía de muy lejos, los caracoles africanos, millones y millones de ellos, salían al paso como fantasmas, y crujían sus carapachos, al reventarse con el peso de nuestras botas, regando así sus huevos de mala hierva.

Caminamos y a los pocos minutos ya todo estaba oscuro, los árboles más grandes se entrejen arriba, y no dejan pasar la luz del sol.

La noche vivía allí.

No entendía de qué río o caño hablaban, aquello era una ciénaga, con barcos y tanqueros petroleros encallados, unos aquí, otros mas allá.

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Me dijeron:

-Espérate y verás.

Este es un caño de marea, cuando la marea suba, el mar llegará hasta aquí, y los montruos de petróleo flotarán como pedacitos de madera, escucharás el canto de las olas, y verás cómo brillan los peces más extraños del universo.

Al fin tomamos nuestro bote, una curiara guarao, hecha de troncos seleccionados en lo mas oculto de la montaña, y bajada hasta el caño con cantos y ritos sagrados.

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Traía un pequeño motor, casi de juguete "este es un pata corta' dijo orgulloso"; este no deja que las ramas se enreden en la propela.

Al cabo de un rato llegó el mar en todo su esplendor, la curiara corría caño abajo.

A dónde llegaremos por aquí, pregunté:

-A Trinidad -me respondieron.

Los ojos de los guaraos, periscopios que acechan detrás del espeso monte, las boas y caimanes tropezaban de vez en cuando con nosotros.

Otros botes, mucho más pequeños, a remo, nos saludaban cargando sus mercancías: ocumo chino, yairenes, parchas y flores exóticas:

-Boca de Dragón -gritaron.

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Las aguas del gran Orinoco, el Atlántico y el Caribe se cruzan allí, como trenes descarrilados, y levantan la curiara, arriba arriba, y luego, ¡cataplám!, cae de nuevo al agua, y el capitán de la curiara, que no tendrá más de quince años, sin inmutarse nunca, por asuntos de fe y magia, la hace seguir el rumbo.

Estamos en Trinidad.

Mi tía abuela esperaba sentada sobre unos bultos, lucía una bella pañoleta roja, un diente de plata y unos zarcillos de semillas de auyama.

-Vámonos rápido -dije.

Aquel ambiente de negros políglotas me asustaban.

Mi tía abuela rió como una guacamaya y dijo:

-No seas cobarde, hay que esperar que la marea suba.

E hicimos la misma travesía, pero ahora cuesta abajo, llegamos a la camioneta, mi tía nos dio dulce de plátano que traía escondido debajo de la falda, y siguió hablando en patois, sin importarle que nadie le entendiera.

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Gracias por su lectura.

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