Rivera está cerrando la puerta de su casa. Acaba de dejar una chica en su casa, luego de una noche divertida. Se quita la franela Reebook y prende la televisión, mientras va a la nevera, para recoger una cerveza Heineken que se toma, mientras le da sueño y se va a dormir. Ése es su plan, pero suena el celular. Ve la pantalla y reconoce el número. Es de las oficinas de la delegación del CICPC.
—¿alo? —contesta con voz somnolienta.
—¿Rivera? Mira, hay un caso, como los que a ti te gustan. Le avisé a Gallegos, ustedes son expertos en vainas complicadas, sobre todo si es de esas cosas que perturban el ambiente —Rivera piensa en el fastidio. Recién hoy resolvió un caso y pensaba llegar mañana a la oficina y sentarse a escribir sobre cualquier cosa que no tenga que ver con la pesadilla de lo real que es el infierno venezolano.
Su plan se fue a la basura. Entonces se entera de lo que pasó, 10 muertos en una balacera, incluso aquí, es demasiado. Sin embargo, no se sentía animado a visitar la escena del crimen. Entonces, va al baño, se arregla y por un motivo que sólo él conoce, se pone una ropa de marca y se echa una colonia costosa. Llama a un taxi, no quiere manejar, ha bebido bastante. La dirección lo decepciona bastante y sabe que se abrirá una puerta que mejor sería dejarla cerrada, de 13 de enero sólo se escuchan noticias de miseria e historias atroces.
Mientras espera a que el taxi llegue, se fuma un cigarrillo. Ya son casi las 2 de la mañana y la corriente de aire frío de la madrugada hace buen efecto, está saturado de alcohol y atravesando la borrachera.
El taxi llega y en principio dice que no va a ir a esa zona, que es muy peligroso. Rivera le dice que no se preocupe, que todo eso está lleno de policías y cuando eso pasa, los malandros, literalmente, desaparecen.
El taxista acepta, ya ha trabajado con periodistas y conoce de trabajo a Rivera. Arrancan y Rivera sigue fumando. No es complicado atravesar Maracay a esa hora, pero es una ciudad distinta la de la noche. Todo está vacío y a la vez, se sienten ojos viendo en todas partes, se siente una amenaza, se escucha el viento, con el sonido de los carros.
Uno que otro caminante, recogelatas, delincuentes, prostitutas, borrachos, adolescentes escapados van por ahí. También están los que viven en la calle y claro y los vendedores de drogas. También la policía y los militares que a esta hora está más que alerta; porque si los pillan dormidos, los matan y les roban las armas, que bastante bien se venden.
El taxi llega a la avenida Bermúdez, donde aún hay ciertos bares y licorerías abiertos, por lo que todavía hay actividad en el sector. Pasan por allí con cierta precaución, es una avenida con calles laterales y es posible que un carro se atraviese y produzca un choque que se transforme en un asalto, desde secuestro a asesinato.
Nada pasa y llegan al centro comercial Maracay Plaza paso fronterizo entre los barrios del sur de Maracay que están al borde del lago y el resto de la ciudad. La frontera propiamente dicha es la avenida Aragua, una grande que atraviesa la ciudad de punta a punta, y es la conexión principal (y prácticamente, la única) de los barrios del sur con el resto del mundo.
Entrar a Campo Alegre fue como pasar de un país a otro. La calle llena de huecos, el aire sucio, el aspecto descuidado de las casas y ranchos y algunos locales comerciales… todo comienza a cobrar aspecto hacinado y miserable de los sectores marginales.
Claro que no todo Campo Alegre es así. Anclada en pleno barrio, está la urbanización Sergio Medina, donde vive gente acomodada y con casas que sin ser nada espectacular, son bastante grandes y cómodas. Tienen en el centro de la urbanización una escuela primaria de renombre en la ciudad.
Encuentra Rivera entonces una comisión del CICPC y le dice al taxista que se detenga. Paga al taxista. Saluda a los colegas y le dicen que Gallegos está por llegar. Los agentes le dan ciertos pormenores que dejan pensando a Rivera. Ya se imagina que se trata de una asunto complicado y peligroso y tendrá que esforzarse para resolverlo; incluso evitar que lo maten.
Gallegos llega y los compañeros se saludan tan pronto como Rivera se presenta. Intercambian impresiones y las palabras enfrentamiento y ajusticiamiento cobran un significado real en la mente de aquellos agentes.
Avanzan a la escena del crimen. Ven la urbanización Sergio Medina con ojos incrédulos. Aquella zona sumida en el sueño les recuerda que mientras unos duermen, ignorando el horror que hay alrededor.
La cosa no es allí, es unas cuadras más abajo. A medida que avanzan, el sector cobra un aspecto más mísero y peligroso. También, aumenta el número de patrullas, por lo que en estos momentos, curiosamente, éste es el sector más seguro de la ciudad.
Llegan a 13 de enero. El lugar no es extraño para ellos. Ya han venido. Los delincuentes ni asoman la cabeza. Los que quedaron vivos están encerrados en sus guaridas, con las armas a punto; otros dispuestos a entregarse.
Llegan a la cuadra y ambos agentes se impresionan ante lo que ven: un verdadero campo de batalla urbano.
—¿te acuerdas el curso ese de guerra urbana que hicimos en Inglaterra? —le dice Gallegos a Rivera.
—Esto es para lo que nos prepararon. Y es horrible. —Rivera asiente.
—vamos hacer esto lo más rápido que podamos —le dice a su compañero y ambos bajan del vehículo y se ponen los guantes de látex.
Se quedan viendo el piso y la cantidad de vainas.
—desde aquí comenzaron a disparar. Mira, hay vainas a lo ancho de la calle, formaron una línea de fuego. El que quedó de frente, triste por ellos. —Dice Gallegos, mientras su compañero se agacha y observa que las vainas son de 9mm.
Estaban esperándolos, pues ya los agentes forenses habían procesado la escena y faltaba que dieran la orden para levantar los cadáveres. Examinan todos los cuerpos. Les llama mucho la atención los dos que cayeron primero.
—te apuesto a que no son delincuentes, estaban atravesados. —Dice Rivera, con el ánimo ya curioso ante el trabajo que tiene por delante.
Gallegos examina la casa donde cayeron el delincuente y la madre, está hablando con las hermanas. Le dicen lo que pasó. Rivera está hablando con otros testigos. Gallegos termina por su lado y va a ver los otros que no ha visto. Los policías ya han recabado la información y todo está listo. Los forenses proceden a levantar los cuerpos.
Gallegos y Rivera se detienen donde fueron ajusticiados los últimos tres. Sus cadáveres ya van rumbo a la morgue.
—¿eso de “ataque soviético” lo has escuchado? —le pregunta Gallegos a Rivera.
—de hecho, sí. ¿Tú viste una película que se llama Ciudad de Dios? —cuando Gallegos responde negativamente, Rivera prosigue.
—se trata sobre las favelas. Es una película brasileña, la vaina es que relata la historia de una favela que tiene ese nombre y las bandas que han funcionado allí. Al final de la película, matan a uno de los principales jefes de bandas, narcotraficante, que le decían Zé Pequeño, cuando lo matan, lo rodean un grupo de delincuentes y gritan “¡ataque soviético!” y lo forran de plomo. Es lo mismo de aquí. —Gallegos se siente esclarecido y comenta lo sórdido de aquello. Rivera complementa.
—ese método lo inventaron los rusos, en la época soviética. Los comandos de la policía secreta (que se llamaba NKVD, que fue lo que se conoció luego como KGB y ahora son el FSB) atacaban a sus blancos con ventaja numérica y los acribillaban a balazos. Totalmente efectivo y de paso tenía un efecto desmoralizador total. Imagínate saber, Dios nos cuide, que nuestros enemigos nos van a atacar de esa manera. —Gallegos pone mirada de sorpresa y pavor.
—sí, es como para que cualquiera se raje. Pero aquí es distinto. Toma en cuenta de que esta gente no sabía que iban a sufrir este ataque. Y si no sabían que los iban atacar, menos sabrían quiénes eran sus atacantes —el comentario de Gallegos le pareció muy brillante a Rivera.
Pero hasta que el análisis balístico no aportara ningún dato, imposible saber la identidad de los atacantes. Ellos discuten y se dan cuenta de que lo más probable es que sea sicariato o ajuste de cuentas. Así que convienen revisar los expedientes de cada uno y ver con quién tenía problemas. Lo cierto es que los querían muertos.
La gente no aporta mucho. Hay gente que dice que esos muchachos eran deportistas del barrio…trabajadores, padres de familia…modelos a seguir.
—pareciera que esta gente es masoquista. No entiendo por qué los protegen. No creo que averigüemos nada más aquí. —Dice Gallegos, pero su compañero replica:
—recuerda que éstos vecinos conviven con los delincuentes. No les conviene decir nada malo. Sería echar paja y ya sabes lo que les pasa a los pajúos —Gallegos asiente con la cabeza.
Justo cuando están a punto de irse, sale una señora sostenida en brazos por uno de sus hijos. Ha sufrido un infarto. Le han matado a otro hijo. Los inspectores llaman una ambulancia y junto con los policías, atienden a la señora.
Entonces, Rivera le pregunta al muchacho:
—mira. Vamos a estar claros de una cosa. Tu hermano era delincuente. No vengas a decir que no. Ahora, quiero saber qué paso, porque será delincuente; pero nadie tiene derecho de matar a nadie, así sea por justicia propia. Para eso están los tribunales. —El muchacho se ríe; no en son de burla, sino por nervios, porque él sabe que en las calles las cosas son de manera distinta.
—mire, usted sabe que en la calle hasta la vida tiene precio. Y sí, mi hermano era un delincuente, pero era mi hermano. Tenía muchos enemigos. Yo realmente no me acercaba mucho, quería protegerme a mí y a mis hermanos y a los viejos. Usted sabe como es —lo que dice convence a Rivera, aunque sabe que tal vez todo sea una patraña, perfectamente ha captado que esto se trata de ajuste de cuentas.
Gallegos le dice a su compañero que mejor se vaya a su casa y temprano se ocupan de esos asuntos. Rivera acepta. Además, mañana será un día difícil. Se van y hablando por el camino llegan a casa de Gallegos, que vive no muy lejos de Campo Alegre, en la urbanización Fundación Mendoza. Comentan que hay mucho crimen organizado por allí.
Gallegos se despierta y la esposa lo atiende. Le presta una camisa manga larga y unos pantalones casuales, pues como le dice:
—estás hediondo a caña y cigarro. Felipe me dijo que tienen un caso feo. Báñate mientras les preparo el desayuno y te pones esa ropa. Me llamó hace rato y me dijo que venía en camino. —Y justo cuando Gallegos se va a meter a bañar, llega Rivera. Zuleima, la esposa de Gallegos; lo recibe y le dice:
—por favor, cuídamelo. Es todo lo que tengo —Rivera entiende bien aquellas palabras. Y entre ambos está un pacto de cuidarse mutuamente.
Desayunan los tres y hacen comentarios sobre lo bien que le queda a José Gallegos la ropa de Felipe Rivera. Salen de allí y se van rumbo a la delegación. Al prender la radio, encuentran el siguiente mensaje:
—atención equipo 14, reportarse. Situación de emergencia. —Rivera y su compañero se ven las caras.
—aquí equipo 14. Cambio —responde Rivera.
La situación de emergencia son nuevas y desagradables noticias: ocurrió otra masacre, esta vez en el sector San Vicente.