Una primavera tardía (Relato corto)


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Una primavera tardía


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Tendría doña Rosita sus cuarenta años cuando Valdomero, joven de veinte años, llegó al pueblo a hacer su pasantía de medicina. Ya en esa época era viuda y sus hijos, grandes ya, se habían ido de casa. Sus brillantes cabellos ya no eran del todo negros, pero su cuerpo mantenía la dureza y la fiereza de una mujer de treinta. Sin mencionar su caminar, el cual permitía suponer el volcán y la fiesta que doña Rosita llevaba por dentro.

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Retando las malas lenguas que hay en todas partes, doña Rosita usaba vestidos que parecían volar mientras ella caminaba y dejaba claro que algunas mujeres son una obra de arte. Los ojos de Valdomero, sedientos, no dejaban de mirarle y se iban detrás de ella como si ella fuera caramelo y él un glotón infante. La mujer madura consciente de la atracción que creaba en el pasante, como cualquier rosa fresca rejuvenecía y mostraba sus colores más brillantes.

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Cierta tarde, aquejada por un resfriado, doña Rosita mandó a llamar a Valdomero que hacía guardia en el dispensario. Con paso inquietante, salió el muchacho a encontrarse con la viuda que lo estaba esperando. Dicen las malas lenguas que cuando llegó Valdomero, ella estaba en su cuarto y él entró hasta allá, como si lo estuvieran llamando y doña Rosita en su cama, según dicen, le abrió los brazos sin ningún recato.

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Lo que sí es cierto y esto yo lo vi, no me lo contaron, es que después de aquella vez Valdomero, poco a poco, a casa de doña Rosita se fue mudando. No hay que negar que después de aquel acontecimiento a Valdomero se le vio más entusiasmado y doña Rosita, cada día, parecía estar más florecida como si la estuvieran regando.


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HASTA UNA NUEVA OPORTUNIDAD, AMIGOS

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