Detrás del Telón (Capítulo 1 El gran desfile)

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Hola, amigos de Hiver, en esta ocasión les traigo otra novela que escribí. Para su realización, me inspiré mientras trabajaba en un circo que llegó a mi ciudad hace algunos años y pues, tal y como sugirió el gran García Márquez una vez, solo recurrí a la hipérbole para darle más sabor, Acompáñame en esta nueva experiencia y prepárate a descubrir lo que se oculta Detrás del Telón.

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El gran circo La Fantaisie llega de nuevo a París con un espectáculo renovado, bajo la dirección de su nuevo dueño, Fabrizzio Buonarotti, un hombre misterioso que parece ocultar un gran secreto, uno que yace bajo las propias entrañas de la ciudad.

Bernardette, su protegida, es una joven soñadora que anhela convertirse en una gran estrella, una excelente alambrista como lo fue su madre, Gabrielle, pero una obscura profecía se interpondrá en sus planes...

Jack Robinson, el otro protegido de Fabrizzio, es el elegido por Obéck, dios de la sangre, para llevar a cabo la profecía en detrimento de la joven que ama, pero ¿lo hará o conseguirá el valor que necesita para impedirlo?

Descubre todo lo que está escondido detrás de la majestuosidad del escenario, cuando las luces se apagan y el público se marcha.

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Era una fría y lluviosa tarde, las hojas secas cubrían el suelo como si de una alfombra se tratase, y la tensión reinaba en las gradas del circo La Fantaisie, ya que se presentaba un peligroso espectáculo de alambrismo...

Gabrielle era la encargada de ese número. Era una hermosa mujer rubia de ojos celestes, con un espíritu noble y aventurero, adoraba el cosquilleo en su estómago cuando se encontraba en lo alto de la carpa pues estaba acostumbrada al peligro y le encantaba la reacción de su público.

Allí estaba ella, disponiéndose a cruzar con elegancia la cuerda como lo hacía desde que era pequeña, pues su familia era circense y le había enseñado ese difícil arte. Ella, al igual que cualquier otro artista, estaba consciente del riesgo que corría con su peligroso espectáculo, pero también tomaba todas las precauciones necesarias para realizarlo, ya que siempre revisaba varias veces la cuerda antes de cada presentación, no obstante, ese día estaba destinado a ser nefasto...

El público se encontraba en su momento de más tensión, algunos hasta habían dejado de comer sus palomitas de maíz, para poder observar con más detalle a la hermosa y valiente alambrista.

Gabrielle se encontraba en la plataforma, sosteniendo en las manos una pértiga para ayudarse con el equilibrio, pero cuando colocó el pie derecho en la cuerda tensa, notó algo resbaloso en ella. Trató entonces de equilibrarse pero ya era demasiado tarde, todo su peso se hallaba en la cuerda. Los pies se deslizaban peligrosamente y sus esfuerzos fueron inútiles porque se precipitó al suelo.

Su traje blanco que parecía hecho de estrellas, se tiñó de rojo ya que se había golpeado la cabeza y abierto una herida al momento de caer en medio de los gritos de terror del público, y de su esposo Jean Paul.

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Jean Paul era el domador de leones, muy talentoso, pero también poco convencional. Cuando hacía su presentación, el público quedaba sorprendido debido a que se paseaba alrededor de los leones y los acariciaba como si fuesen «gatitos». Su espectáculo difería de otros porque se mostraba a sí mismo como amigo de los felinos, y no como el amo de ellos. Jugaba con sus animales y los llenaba de abrazos mientras éstos le respondían a su manera, pero no con rugidos y zarpazos, sino con lamidas y caricias. Jean Paul no hacía sonar un látigo sobre su cabeza para atemorizarlos, ni tampoco se escondía detrás de una silla, solo jugaba y simulaba hablarles, lo que le otorgó el título de El Hombre Que Habla Con Los Animales, y ellos le obedecían. Por supuesto esto sorprendía todavía más a los espectadores.

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A pesar de ser un domador, irónicamente pensaba en trasladar algún día a sus animales salvajes a un refugio o algo parecido, pues sabía que en la selva ya no sobrevivirían, pero también era consciente de que un circo tampoco era el mejor lugar para ellos, sin embargo, él aprendió el oficio de su padre, y éste a su vez lo aprendió del suyo. Era muy difícil desprenderse de sus amigos aunque sabía que debía hacerlo algún día bajo la filosofía de que «un circo puede ser divertido, aún sin animales salvajes».

Jean Paul y Gabrielle estaban casados desde hacía pocos años, pero se habían conocido mucho antes en un festival circense de Cannes. Ellos se esforzaron para concretar su sueño de llevar alegría a todas partes del mundo y, con mucho entusiasmo, compraron aquella carpa y los animales. El resto del circo lo conformaron reclutando artistas de todos los lugares que habían visitado en su gira. Lo que no sabían, era que ese espectáculo que tanto fascinaba al público y que Gabrielle tanto amaba, iba a ser el causante de su desgracia.

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El joven domador no pudo controlar sus sentimientos y rompió en llanto. Su esposa extendió los brazos hacia él y trató de consolarlo.

—No llores, Jean Paul, me voy haciendo lo que tanto me apasiona, me siento complacida de haber logrado todo esto... y sobre todo de haberte conocido a ti y a la pequeña Bernardette.

Pero él no salía de su aflicción y, secando sus lágrimas, le respondió:

—Yo también soy feliz a tu lado, pero por favor no nos dejes, ¿qué será de nosotros sin ti? Te extrañaremos mucho y...

—Me extrañarán, sí —Lo interrumpió ella—, pero luego aprenderán a vivir con eso. Es parte de la vida, ¿no? —continuó aunque le costaba hablar—, pero te pido... que... po... por favor, cuides de Bernardette, ahora te necesitará... más que nunca.

Y con esas tristes palabras, Gabrielle murió en los brazos de su esposo...

A lo lejos, en la entrada de la gran carpa, una niña contemplaba la escena con horror y lágrimas en los ojos, mientras las manos de un payaso le cubrían los labios para ahogar su llanto.

El payaso tomó ligeramente los hombros de la pequeña y la volvió hacia él, posteriormente se inclinó sobre una de sus rodillas para quedar a su altura y, tratando de tranquilizarla, le dijo que estaría siempre a su lado y que nada le faltaría, pero era demasiado para ella. No se puede evitar ver partir a un ser querido sin sentir dolor, y mucho menos en esas condiciones.

Jean Paul tomó entre sus brazos el cuerpo sin vida de Gabrielle, y al pasar junto a Bernardette y el payaso, le envió una mirada tierna a su hija, luego se adentró en su carpa, y esa fue la última vez que ella lo vio.

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Después de aquel accidente, el circo hizo una larga gira por todo el continente europeo, y luego de muchos años llegó con gran alarde nuevamente a la elegante ciudad de París, en la cual estaría una larguísima temporada.

Aquella tarde, en las afueras de la ciudad, mientras los obreros bajaban del tren del circo los utensilios para montar la gran carpa, se llevó a cabo un desfile en el cual participaron todos los artistas del espectáculo: payasos, trapecistas, contorsionistas, enanos y los tradicionales gitanos.

Por supuesto no podía falta la presencia de los animales, entre los que destacaba una manada de leones os artistas que lucían feroces en sus jaulas.

También llamaba mucho la atención un oso vestido con falda de bailarina clásica que bailaba al son de un acordeón que tocaba uno de los payasos.

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Los artistas se veían muy alegres, sobre todo Bernardette, a quien le encantaban los desfiles. Se veía hermosa con ese traje de lentejuelas azules que brillaban aún más cuando les daba la luz del sol.

Marchaban y bailaban, guiados por la música mientras la grave y distinguida voz de un caballero que parecía ser el maestro de ceremonias, anunciaba el gran debut del circo La Fantaisie, que regresaba con un espectáculo renovado al igual que gran parte de su personal.

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Sí, el circo había cambiado de dueño, ahora era un empresario artístico, astuto en los negocios, y el hecho de ser mago realmente parecía haberle servido de mucho, pues desde que era el dueño del circo, el dinero aparecía mágicamente y en abundancia a sus pies.

Su nombre era Fabrizzio Buonarotti, o Monsieur Buonarotti, como le gustaba que lo llamaran. Era italiano, procedente de Génova. Tenía ojos grises, cabello rubio y largo, atado siempre por una cinta negra. La ropa que Fabrizzio solía vestir, era elegante y negra como la noche, al igual que su capa, sus guantes de cuero y su sombrero de copa, accesorios que siempre lo acompañaban.

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Constantemente llevaba un bastón de puño de oro con sus iniciales grabadas, y en su pecho colgaba un collar, también de oro con un extraño dije que parecía un triángulo con la letra «G» en el medio.

Jamás sonreía fuera del escenario y siempre se le notaba cierto dejo de preocupación o de tristeza en el rostro, era como si realmente tuviera poderes mágicos y estos lo ayudaran a transformarse cuando entraba y salía del escenario.

En el circo todos le temían y solían llamarlo El Vampiro, debido a sus extrañas costumbres, pues casi nunca salía de día. Desde su llegada a París le encantaba dar paseos nocturnos y solitarios por los campos Elíseos, o contemplar absorto las gárgolas de la catedral de Notre Dame.

Fabrizzio era de origen alemán por parte de su madre, una actriz de teatro que, al no tener éxito en su país, se marchó a Italia a probar fortuna, lugar en donde conoció a Don Lucciano Buonarotti, un hidalgo empresario del espectáculo que años después quedó en la ruina, razón por la cual se suicidó ingiriendo arsénico, dejando a su hijo de tan solo ocho años, al cuidado de unos monjes jesuitas, ya que su madre había muerto de tifus un año antes.

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Luego de la muerte de su madre y la desaparición de su padre, Bernardette quedó bajo la protección de Fabrizzio.

El tiempo pasó y se había convertido en una joven mujer, de largos y sedosos cabellos dorados, sus ojos eran celestes como los de su madre, así como sus movimientos gráciles y su risa cantarina.

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Siempre paseaba por las ciudades donde llegaba y le gustaba aprender nuevas culturas, pero aun así no era feliz, pues a cambio de sus vestidos, de los sombreros y zapatos que usaba, ella debía trabajar muchísimo sin recibir ni una moneda, con la excusa de que sus necesidades estaban cubiertas.

Como parte de sus funciones, tenía que preparar los alimentos de Monsieur Buonarotti, ordenar su tienda, y servirle como ayudante de magia cuando él realizaba su número diario, donde se transformaba en el mago Hazzan, y sorprendía al público haciéndola desaparecer a la vista de todos; o transformándola «mágicamente» en algún animal salvaje, arrancando por supuesto muchas ovaciones.

También tenía que cuidar, bañar y alimentar a todos los caballos, incluyendo al suyo, Pegazzo. Pero a él le tenía gran cariño puesto que fue una herencia de su padre, lo cual, según El Vampiro, fue lo único que le dejó antes de marcharse de allí sin rumbo fijo, abandonándola y dejándola completamente a su merced.

Es por esta razón que ella debía trabajar tanto día a día, y atenderlo como rey, ya que él se había tomado la «molestia» de criarla, alimentarla y hasta educarla cuando esas no debían ser sus responsabilidades. Pero Pegazzo no era el único aliado de la joven, también tenía a sus amigos los payasos y los gitanos.

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Los gitanos pertenecían a una tribu antigua que en otras generaciones había trabajado en el circo de los abuelos de Gabrielle cuando éste estuvo a España, y luego, con el pasar de los años y las generaciones, llegó para quedarse en el circo de Jean Paul y Gabrielle.

El patriarca de la tribu que guiaba a la última generación era Branco, un gitano bonachón, noble y protector de sus semejantes, incluso de aquellos que no eran gitanos, o Payos como a ellos les gustaba llamarlos.

Tanta era su dedicación, que él y su esposa María adoptaron a un par de niños Payos que fueron abandonados cuando el circo estaba en Cannes.

Los niños llegaron hasta su carpa, estaban lánguidos y pálidos. El mayor, un niño pecoso y pelirrojo que no pasaría de los cinco años, sostenía a su hermanita (castaña y de ojos vivarachos) de la mano. El niño tenía los ojos llorosos y la voz trémula cuando les suplicó a Branco y a su esposa que les dieran asilo en su carpa, ya que sus padres los habían abandonado en el circo al no poder mantenerlos.

En ese entonces la tribu criticó duramente al patriarca y a su esposa por haber amparado a niños Payos.

—No son gitanos, son Mahrime—, decían para referirse a los impuros, aquellos que carecían de sangre gitana y se consideraban de la misma.

Branco, el patriarca, les dejó claro que no había nada de malo en adoptar a esos niños payos, pues ellos solo eran de otra raza, no de una especie diferente, eran humanos al fin y al cabo, eran seres inocentes que habían sido rechazados y que él, gustoso, les enseñaría su cultura para que se sintieran orgullosos de ella.

En una ceremonia, les dio nombres de gitanos a sus nuevos hijos, llamando al niño, Renzo, y a la niña, Luna. La tribu desde ese momento no solo aceptó a los chicos, sino que además los amó.

Los gitanos eran gente alegre, pero supersticiosa, realmente pensaban que estaban viviendo cerca de un vampiro, por lo tanto nunca paseaban, ni permitían que sus hijos lo hicieran sin protección, es decir, azabaches, cuarzos y una variedad de piedras más, que, según ellos, los protegerían de la influencia de ese oscuro ser.

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Los gitanos también eran los encargados de los números esotéricos del circo, de hecho Renzo y Luna, además de bailar para la audiencia, también la sorprendía con un número de telepatía: Renzo cubría los ojos de su hermana y buscaba cualquier objeto que el público le ofreciera, mientras ella adivinaba de qué se trataba, acertando por supuesto ante la mirada atónita de todos los presentes.

De la misma manera, el resto de los gitanos leía el tarot, la palma de la mano, el pensamiento y además, aseguraban quitar cualquier maleficio a las personas que acudían a ellos, solo que las personas iban allí motivadas por diversión, más que por la superstición.

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Los payasos o Les mousquetaires (Los mosqueteros) como los llamaban, eran muy queridos en el circo. Solo eran cuatro pero se hacían notar, pues presentaban un excelente show. La gente se reía hasta más no poder con sus chistes y locuras, tanto así que hasta fuera del escenario solían sonreír y hacer disparates para divertir a otros.

Eran amigos de todo el personal, especialmente de Bernardette quien a menudo se la veía conversando con ellos y riendo con sus ocurrencias.

Estos muchachos eran además muy versátiles ya que en las mañanas, cuando no estaban en función, se iban a los alrededores de la torre Eiffel o los Campos Eliseos a pintar paisajes para luego venderlos, también dibujaban a las personas que paseaban por ahí, algunos domingos después de misa. Solían hacer malabares frente a la gran catedral de Notre Dame junto a la simpática Bernardette y algunos de los gitanos quienes danzaban para todos al ritmo de panderetas, solo por diversión.

Por supuesto esto no le gustaba para nada a Monsieur Buonarotti, quien pensaba que las personas no asistirían a su espectáculo luego de haberlo visto sin pagar, así que cuando ellos se enteraban (por algún centinela que dejaban a cargo) que El Vampiro estaba cerca, corrían como una estampida de caballos para luego tratar de convencerlo de que no era cierto lo que le habían informado.

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En una ocasión cuando realizaban su acostumbrada y gratuita actuación, Fabrizzio fue avisado nuevamente por alguien «desconocido» que los desobedientes muchachos estaban haciendo de las suyas nuevamente frente a Notre Dame, así que la respuesta del Vampiro no se hizo esperar y se fue hasta allá a toda prisa mientras que Porthos —uno de los payasos— que era el encargado de vigilar su llegada, se distrajo bailando con una de las gitanas al tiempo que veían la temida figura del Vampiro aproximarse.

Todos trataron de huir, pero esta vez no se divertían, estaban realmente asustados. Corrieron pero Fabrizzio logró atrapar a Bernardette que se esforzaba por liberarse sin conseguirlo. Él, sin soltarla, la condujo hasta el carruaje y ella intentó explicarle todo, sin embargo él se lo impidió diciendo:

—No digas nada, hablaremos al llegar.

Ella permaneció callada, pero con el ceño fruncido y los puños apretados en señal de impotencia, hasta que la majestuosa carpa de La Fantaisie apareció ante ellos, entonces bajaron del carruaje. Fabrizzio se adentró en el circo, seguido por Bernardette, y una vez que llegaron a la carpa de él, la chica trató de persuadirlo de sus pensamientos diciéndole que lo que realmente hacían era darles a las personas una pequeña muestra de lo que verían en función.

—Es como cuando hicimos el desfile la semana pasada, ¿recuerda? —dijo. Él se volvió dándole la espalda, así que ella lo tomó por los hombros y como él la superaba en estatura, aunque no demasiado, se colocó en puntas de pie para decirle cerca del oído—. deberíamos seguir realizando este tipo de «muestras», ¿no cree usted, Monsieur? Es una propaganda muy efectiva.

Fabritzzio arqueó una ceja y finalmente asintió con la cabeza, pues la idea le había resultado atractiva y así se lo hizo saber a su protegida, quien intentó darle un beso de agradecimiento en la mejilla, pero él la esquivó.

Bernardette salió de la tienda para darle a sus amigos la grata noticia, aunque les reprochó el haberla dejado sola en Notre Dame, a lo que D'Artagnan (otro de los payasos) que ya se había deshecho de los zapatos gigantes y la nariz roja, al igual que sus compañeros, respondió:

—No nos dimos cuenta de que te habías quedado, creímos que habías huido junto a nosotros y que estabas en tu carpa hasta que te vimos llegar con ese Vampiro—hizo una pausa y bajó la cabeza, avergonzado, pero luego continuó—: Realmente nos asustamos por ti, sin embargo no te hizo nada, ¿verdad?

Ella sonrió de forma amistosa, tomó la nariz roja que él tenía en la mano derecha y se la puso.

—No seas tonto, mosquetero—expresó—, ese vampiro solo me dio un buen regaño, pero debo reconocer que valió la pena, pues ahora nos permitirá seguir divirtiéndonos con la gente, solo que esta vez va a ser sin zozobra.

Y se marchó luego de darle unas palmaditas amistosas en el hombro al payaso.

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Espero que les haya gustado el comienzo de esta historia, amigos, muchas gracias por su atención y la oportunidad que me brindan para expresarme a través de las letras.

¡Gracias por leer y comentar!.jpg

La portada, el separador de texto y la última imagen fueron diseñados por mí, usando el editor de Canva.

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