El pardo - Relato (12)


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La laguna tenía forma ovalada. Cuando llegó al otro extremo, Nuño trató de atajar por una trocha que atravesaba el masegar. Lo llevó hasta unas aguas someras que lo conducían a la orilla. Para su frustración, descubrió que se trataba tan solo de una isla. Decidió rodearla hacia poniente. Y se dio cuenta, tarde, de que había puesto rumbo a una zona cubierta de verdines y plantas coberteras. Trató de virar para no enredarse con aquellas enormes hojas flotantes, y estuvo a punto de encallar en un macizo de cañas. Logró zafarse con brío, pero estuvo a punto de caer al agua cuando empujó la isleta con la pértiga. Blasfemó con fuerza. Tenía que atravesar ese río de aguas lentas y traicioneras cuanto antes.

La intranquilidad del pardo crecía por momentos. No encontraba el camino y se estaba desesperando. La oscuridad, aquel entorno lúgubre, los sonidos nocturnos, le empezaban a llenar la cabeza de pensamientos sombríos. Imaginaba todo tipo de criaturas amenazadoras acechando en la vegetación o nadando escondidas entre las algas del fondo. A ratos, creía ver unas luces siniestras a su alrededor que perforaba la niebla. Él se intentaba convencer de que eran las lumbres de los pastores de alguna majada cercana.

Un nuevo marjal de carrizo lo obligó a desviarse. Al poco, se dio cuenta de que el espacio se iba cerrando y se veía conducido hacia un estrecho cauce. Se adentró con cuidado entre dos cañizares que se extendían a lo largo. Tan solo con estirar los brazos, podía alcanzar la vegetación de ambos lados. Allí dentro se notaba la corriente con más fuerza, casi como si se tratara de un río normal. También la niebla se fue haciendo más densa conforme avanzaba, hasta que llegó un punto en el que no se veía nada fuera del bote. Lo único que podía hacer era continuar hacia adelante y estar atento para no chocar.

Era un canal inusualmente largo. Pasaban los minutos y aquello no parecía tener fin. Nuño descansaba y se dejaba llevar por el agua. De repente, empezó a sentir un extraño cosquilleo en el muslo. Al principio era algo casi imperceptible, pero pronto se convirtió en una pequeña vibración. Procedía de la bolsa.

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Autor: Javier G. Alcaraván (@iaberius)

La imagen es obra de Juan Gallego (@arcoiris), que me ha dado permiso para publicarla acompañando al relato.

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