El refugio de los puñales (Relato breve)

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El refugio de los puñales

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La puerta del rancho está abierta. Por ella entran y salen los vecinos que visitan a Chema, la abuela del barrio, la que todos quieren y escuchan. Desde hace dos años está en cama, pero esto no la amilana ni le quita el buen humor: gracias a que no me puedo levantar, ustedes me traen comida, dice y muestra su boca sin dientes en una cara llena de arrugas. Los vecinos se ríen porque saben que es verdad.

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Los que más disfrutan las conversaciones con Chema son los muchachos. Ella les habla de su época de juventud y de cómo se salvó de la dictadura: Yo he vivido mucho y he visto mucho, dice y se le aguan los ojitos. En esos momentos pierde la sonrisa o la gurda y comienza a hablar como si todos los recuerdos le vinieran de golpe. A veces habla de la época en la que debió esconderse, otras veces en las que debió ayudar a un amigo, pero la que más relata es aquella en la que estuvo a punto de morir.

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“Llegaron los soldados. Eran cinco. Ya nos habían dicho que irían. Todas las armas, los panfletos y los libros los metimos debajo del colchón. Éramos estudiantes y el gobierno odiaba a los estudiantes, especialmente a las mujeres. Aquella vez yo me acosté sobre aquel colchón y me hice la enferma. Cuando los del gobierno llegaron, me vieron tirada, con cara de enferma. Por poco me dan un tiro y me sacan de la cama. Pero en eso me oriné y aquellos hombres sintieron asco. A veces el asco es igual que el miedo”.

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Los muchachos escuchan a Chema mientras ella habla y come: “Algunos, por muy valientes, se intimidan ante las supuraciones humanas”, repite y remata siempre: “Nadie se atreve a jorungar debajo del colchón de un enfermo”, dice y muestra sus encías sin dientes. Los muchachos continuamente se van con curiosidad preguntándose qué habrá debajo de la cama de Chema, pero aunque quieran buscar, nadie se atreve.

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HASTA UNA PRÓXIMA OPORTUNIDAD, AMIGOS

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