Algunas mañanas son eternas (Relato corto)

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Algunas mañanas son eternas

Una mañana del sábado soñé que morí. Yo y que venía por una calle muy transitada cuando de repente sentí un dolor en el pecho. Sin poder evitarlo, me arrodillé para amortiguar el golpe, pero caí inevitablemente tendido en el asfalto. Cuando desperté, supuestamente estaba muerto y nadie podía verme.

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Como estaba muerto, pude pasearme por la casa sin ser visto. Mi madre era consolada por mi padre y mi hermano menor ya había llevado mi bicicleta a su cuarto, también mi balón y casi toda mi ropa. El único que estaba cerca de mi cama era Rey, mi perro, quien ladró inmediatamente que me vio y a quien yo traté de callar para que nadie se diera cuenta.

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En mi habitación estaban mis cuadernos de dibujar sin un dibujo; también, debajo de la almohada, la carta que me había hecho Leticia y que yo no había contestado por pena. Revisé en el clóset y allí estaban mis patines casi nuevos, los que dejé de usar después que me caí y me dio mucho miedo.

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Cuando bajé, ya mamá había dejado de llorar y hacía la comida. Cuando quise acercarme, no pude. En eso apareció alguien que me dijo algo al oído, algo que tenía que ver con mi nueva vida. Miré por la ventana y en un sueño vi cómo los mangos dulcitos de mi mata caían al suelo. Seguro que mi hermano o los periquitos vendrían a comérselos.

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Quise despertarme y me desperté. Gracias a Dios, pensé. Vi la hora, ya era sábado por la mañana. Rey seguía a orilla de la cama y ladró inmediatamente al verme. Bajé nuevamente a la habitación de mis padres, pero extrañamente no me vieron. Debo estar soñando nuevamente, pensé. He leído que algunos sueños son interminables.

HASTA UNA PRÓXIMA LECTURA, AMIGOS

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