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Mi primer amor


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Martha estaba inmóvil en la acera del frente, yo la miraba cautivado desde mi silencioso temor, imposibilitado de acercarme a ella dado mi timidez.

No podía hablarle, aunque imaginaba esas conversaciones mirando su carita de rosa, sus ojos claros, su pelo castaño. Sus atributos, eran un universo maravilloso para mí, una delicia para mis ojos e imaginación.

La conocí en clases de catecismo, yo asistía por órdenes de mi madre, debe ser porque intuía mi lejana relación con lo cristiano y planeaba que hiciera carrera en el sacerdocio.

Ella, no me miraba, aunque su sonrisa, o más bien el sonido de su risa hacían estragos en mí, para ella era invisible o por lo menos eso pensé.

Yo paseaba por su calle todos los días, si hacia algún mandado en el cual no tuviera que pasar por ella, me las ingeniaba para hacerlo, sin importar lo lejano de mi destino real, todos los caminos conducían a Martha así como decían que a Roma.

Fue mi primer amor, un amor no correspondido y nunca declarado, platónico pero que me hizo nacer mariposas y todo tipo de insectos en el estómago.

Duró toda la primaria y se mantuvo hasta que mi primera novia logró hacerme olvidarlo pero nunca sustituirlo.

Han pasado ya muchas lunas, soles, lluvias y aún recuerdo esas sensaciones como si Martha estuviera aun con su misma inocencia de abril, sus ojos claros de poesía, su voz de pájaro y esa gracia que la ingenuidad hacía que resaltara, transformándolo en un ser encantador y mágico.

Más una tarde cualquiera, caminando por las viejas calles de mi niñez, observé una sonrisa que me llamó por su nombre, la miré y entendí el tiempo es un sueño lejano, que no regresa pero se queda y juega con los recuerdos y el destino.

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