La titiritera

La titiritera

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Eran las seis de la tarde, el sol se escondía y la ciudad empezaba a brillar, con ese tintineo rítmico, soberbio y nostálgico implecablemente bello que genera la luz eléctrica. Escuchar las risas de los niños, las voces de los hombres, los ladridos, las respiraciones, el canto de los pájaros, el grito de alguna dama, el silbido imperceptible del viento arrastrando las hojas. Mirar la gente, viva, completamente, soñando. Algunos un cuerpo más esbelto, otros un encuentro, otros una venta, un juguete, la cena, otros simplemente nada...

Plaza Madariaga.jpg

La plaza expedía ese aire de nostalgia, ese no sé qué de los días de abril, no parecía un día normal, el color sepia de la escena escultórica que hay en el centro, el reflejo opaco de los faroles, el movimiento... había un aire húmedo, fresco y alegre, los árboles dejaban bailar su hojas y el cielo se tornó de un azul profundo pintado con acuarela y algunas nubes florecían como apamates nocturnos.

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Yo sólo quería plasmarlo en mi block, colorearlo con creyones para no perder esa imagen que me pareció particularmente hermosa o quizá era yo quien se sentía particularmente así. La miopía en momentos como esos me jugaba a favor. La perspectiva se me abría misteriosa, provocativa y atrayente. El ambiente se me tornaba único. Mientras jugueteaba con los colores y esbozaba los planos, intentando captar incluso los detalles más cotidianos, el perro llevado a través de una cuerda por su amo, el ciclista, el saxofonista y su fe en conseguir algún dinero...

Entonces sucedió, era exacto y pefecto que sucediera. Volvía a verla esa noche. ¡Sólo me faltaba eso! ¡qué irónica la vida!, qué traviesa. Ella parece de otra época, lleva faldas y sombrero, es extraña en comparación con las otras personas que completan el paisaje. Podría incorporarla a mi dibujo, le pondría rojo a sus cabellos y magenta a su falda. Escucho el ruido de sus pasos sobre las hojas, puedo sentirla cerca, sueña retratar el momento con su máquina de fotografías. Hacía mucho tiempo que no observaba ese paisaje, había estado guardándose.

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Me detuve en mis acciones, guardé mis cosas y no pude más que dejarme llevar por sus movimientos. Tenerla tan cerca, casi escuchándola respirar. La observé, discretamente. La observé, largo rato. Miré sus gestos, creí poder escucharla, parecía decepcionada al no encontrar la foto ideal. Estuvimos por unos instantes, intentando petrificar esa belleza. Guardarla, hacerla nuestra. La vi en mí, me vi en ella, por un instante. Se sintió inspirada y se detonó a escribir. Se arrellanó en el banco y en una gruesa libreta tomó algunas notas. Empezaba a hacerse de noche. Se machó a casa. No podía dejar de mirarla, necesitaba acercarme, necesitaba saber a dónde iría. Entonces, ella inició su camino presurosa.

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Es la mujer que vive en la casa de enfrente. Esa que me había alborotado la curiosidad cuando la escuché por primera vez. En la frutería. Recuerdo claro ese día. Apenas intuía su silueta junto a la ventana miraba de soslayo a través de la pequeña ventilla del corredor de la casa. Decidí mirar a través de mis binoculares. Aquellos que mi tío Raúl me había regalado una navidad hacía tanto tiempo.

Su casa es pequeña, con una gran ventana, justo en frente hay algo parecido a un altar; en realidad no es más que un repisa con objetos diversos, un mueble, un perchero, una laptop, una máquina de coser, un maniquí de costura, telas, perchas, periódicos, un banquito, alfombra, una mesa y una biblioteca. Sé que tiene un gato, la escucho llamarlo de vez en cuando. Entonces por la ventana logro verla. Toman juntos el té. Comen galletas, ella le habla y lo acaricia.

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Esa noche la titiritera parecía sentirse renovada, inspirada e inquieta. La vi dejar los zapatos en la entrada. Luego encender la luz, caminó de un lado al otro. Dejé de mirarla por un momento. Entonces vi los detalles, dicen que en los detalles está Dios. El espacio parece recreado por un prolijo escenógrafo. El espejo reluce. La impecable alfombra boudeau ocupa casi toda la sala, las lámparas parecen estorbar, pues cuelgan a distintos niveles, una pared de discos de acetato hace de fondo para la mesa en la que sobresale una máquina de computadora Laptop de la que emergen libros, papeles sueltos, una bandeja con vasos, un cenicero, una lámpara y un atril cargado de papel impreso.

Al lado opuesto de la sala una máquina de coser y una mesa grande. Allí debe ser donde nace la magia. Puedo ver cualquier cantidad de elementos de construcción: cabezas, tijeras, cuchillas, pinceles, manos hechas en tela, vestiditos, pelucas y más cabezas. Daría susto dormir una noche en ese lugar. Además de pinturas, pegamentos y demás objetos.

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Un tiempo atrás la vi cruzar la esquina. Me saludó. Es enigmática y perspicaz, siempre ensimismada, como viviendo una vida paralela a la que vemos. Es como si el mundo le importara poco, salvo su propio estadio individual. Es sólo una impresión…

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Siempre la veo pasar, con botas de lluvia, vestido y sobretodo. Dicen que pinta en sus paredes un mural con los dedos. Se escuchan historias durante la noche y se oyen las risas. La pieza de la titiritera. Queda justo al frente. Se le escucha cantar, tocar la harmónica y la guitarra… se ríe y proyecta… hay todo un mundo allí. Desde fantasmas y brujas hasta poetas y niños. Una noche llegando a casa escuché un alboroto de niños asomados a su ventana observando sus ensayos… “Se compran retazos de tela”… vi un cartel en su ventana... así la conocí. A ella y a sus muñecos…

A veces se escucha que el payaso tiene hambre, al poeta que cuenta una historia, o que canta una princesa, o al humorista con una ocurrencia, o al anciano leyendo el periódico y comentando las noticias. La niña que lee cuentos a su hermano, el señor y la bruja, el niño, Simón Bolívar, algo así como un grupo de títeres ensayando en cuarentena.

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Esa noche no pude conciliar el sueño. Desperté casi al despuntar el alba y decidí pintar eso que sentía, llevarlo al papel. Ese mundo para mí tan ajeno, que de niño nunca me fue dado, nunca existió. Ese mundo había despertado en mí una inquietud peculiar y me había llevado a los sueños que de niño tuve y nunca escuché sino hasta ahora. Sólo en secreto me permitía pintar alguna escena o algún recuerdo. La responsabilidad me llevó a otros lugares, pero ahora quiero participar de la muchedumbre de niños que miran absortos y sonrientes esos ensayos. Deseo remendar los recuerdos, pensar que fue distinto y que la ternura existió salvo que yo no me permití verla.

Recordé el aviso en su ventana. Esperé que se hiciera más tarde. Tomé mi dibujo, mis colores, llevé algún dinero, me miré al espejo. Me sentí un niño travieso que buscaba una amiguita para sus juegos infantiles. Toqué su puerta. Le dije que quería algún trozo de tela azul para remendar mis pantalones, que me parecía simpático eso que hacía con los niños, que quizá fuese interesante conocer un poco más sobre el arte y esas cosas...

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