El gato Hermes y la titiritera

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El gato Hermes y la titiritera

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Ese día la titiritera llevó a Hermes, su gato, al veterinario. Comía muy poquito, casi sin ganas. Su mirada cambió, se hizo triste y apagada, ya no jugaba. La titiritera tomó su gato y la mantita del mismo, alistó su morral y con una determinación impecable salió al médico del gato. La acompañó en la dulce misión el casi mítico actor de Caracas, Luis Enrique. El experto en animalitos le dijo: -Tiene que reponer la flora intestinal. Lo recetaron. Fue, compró las gotitas milagrosas, mientras ella y el gran actor acariciaban con sus manos la piel de nieve y algodón del respetable Hermes. Ella me contó que su gatito desechaba desde hacía unos pocos días la comida que se fabrica industrialmente. Entonces comenzó la misión. Le cambiaron la dieta, en lugar de víseras de vaca, empezaron a darle pedacitos de pollo, trozitos de salchicha, y él paulatinamente comenzó a comer.Era un rito y una obligación darle las gotitas que recetó el profesional y Hermes se relamía como un niño o una niña comiendo dulces.

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Al octavo día, me relató la titiritera que cuando le ponía la comida y ella se alejaba, Hermes dejaba de comer. –Acarícialo mientras come, le dijo el actor. Ella con toda suavidad comenzó a pasar los dedos por el terciopelo blanco de Hermes. Y él comía casi con furia. -¿Serían genes que persistían después de doce mil años de domesticación? ¿Es posible que la ternura y la atención lograran contribuir a la recuperación de todo ser vivo? ¿Puede Hermes sin tener prefrontal comprender que lo amaba? La titiritera al decirme esto me sonrió claramente y abrió sus ojos grandes y luminosos. Yo me quedé pensando. Al décimo día Hermes ya pedía comida a cada rato, pero ella trataba de llevarlo al ritmo de una comida a la mañana y una comida a la noche. Comía salchichas de pollo o presitas de pollo que él cuidadosamente las devoraba dejando los huesitos totalmente limpios como si hubiesen sido pulidos por las manos eficientes de un artesano. Además de eso comenzó a disfrutar de las películas italianas a las cuales era adepta la titiritera, a relajarse mientras escucha flamenco, a tomar agua de una taza y a dormir sobre los libros varios de la biblioteca. Hermes empezó a cambiar su estilo de vida.

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El veterinario la llamó al décimo tercer día. Las gotitas de aquí en adelante se las dará sólo cada veinticuatro horas. Le dijo. La singular mujer danzó, cantó canciones de los venezolanos Serenata Guayanesa, de la argentina Marielena Walsh, del actor chileno Pin Pon y de la alegría que tenía hasta recordó una vieja canción de Pipo pescador.

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El gran histrión y mi dulce titiritera notaron, en el día veinte cuando se iban a desayunar a su mesa, que el pequeño felino dejaba de comer y se sentaba mirándolos con ojos demandantes a los pies de ellos. Entonces los dos artistas se miraron, conectaron y un rayito de luz los iluminó. Trajeron el plato del gato Hermes a los pies de su mesa y el gato comenzó a comer, cual si fuera un invitado más. –Sin lugar a dudas, Hermes y nosotros, necesitábamos lo que las personas llamamos calor emocional, me dijo con gracia mi vecina Reina de los fantoches.Pasaron los días y todos estamos felices, pues el gato se ve fuerte, ágil, gordo, juguetón, amoroso y saludable.

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Esa casa donde habita la actriz de los niños y las niñas es como un imán para mí y noto que cada vez que la visito, Hermes mueve la cola con agrado.

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