El cielo se vuelve gris | Contenido Original

Sin ganas, casi por inercia, Samuel deja caer los pies. Los recibe el suelo frío, desnudo, una superficie de tierra endurecida por el sudor y la grasa corporal. Siente el picor en la garganta y los ojos le arden. El aíre, como siempre, tiene un tufo indescriptible…

Entre la densa neblina creada por la leña vislumbra a su madre en la cocina. Le hace un gesto invitándolo a la destartalada mesa. El niño asiente. Termina de levantarse. Apura un sorbo de café. El líquido caliente le despeja el sueño remanente. Lentamente sumerge la tortilla de maíz en la humeante negrura. Esa será su única comida hasta el final de la tarde. Comienza un nuevo día…


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Ya afuera, mira la casa con desdén,  una frágil estructura de madera y láminas de metal,  enclavada en los límites del vertedero, a muy poca distancia de  las hileras de humo que han tornado al cielo en una densa masa gris, donde a duras penas penetra algo de la  luz solar.

Mientras arrastra distraídamente la carretilla se percata que ha crecido  la montaña de escombros. Seguramente ha llegado otro container, piensa con la vista puesta al frente, mientras sortea los obstáculos del estrecho camino.

En la retina de Samuel siempre ha estado impresa aquella mole de desperdicios, nunca la ha visto desaparecer. Cada vez que disminuye y piensa que  llegará a su fin, vuelve a resurgir cual ave Fénix, alimentada con  la llegada de un gigantesco carguero al puerto cercano, repleto de enormes cajas metálicas que portan en su interior toneladas de desechos electrónicos,  que son descargados impunemente en el vertedero.


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Así es cada vez, la montaña  sube y baja, a ratos disminuye su tamaño con la ayuda de un ejército de carretilleros que  traslada los desechos a los sitios de “tratamiento”. Allí, son quemados al aire libre, para derretir todo el componente plástico y dejar al descubierto los fragmentos de metal de alto valor.

El trabajo del pequeño es sencillo pero infame. Desde las primeras horas del día hasta la puesta del sol Samuel va llevando en su  carretilla una multitud de desechos. El resultado de un proceso de desguace de lo que viene íntegro en  aquellos  containers, rotulados con el eufemístico nombre de “equipos electrónicos de segunda”.

Samuel observa todo aquello: fragmentos de celulares, partes de tv, de equipos de sonido, restos de computadoras…todas las maravillas producidas por la tecnología moderna para un mundo que le es ajeno. Productos que él solo conoce en esta etapa terminal de la exigua vida útil programada a precisión por la obsolescencia planificada.


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En ocasiones  el niño se detiene a descansar en los sitios de quema, se entusiasma viendo las llamas engullendo los pedazos. Hay algo en el crujido del plástico derritiéndose que le resulta enigmático, se maravilla ante aquel espectáculo de mutación de la materia. A veces la densidad de la nube de humo no lo deja disfrutar la vista, entonces cambia de posición una y otra vez, su atrofiado olfato  ya no nota la diferencia.

Luego de unas doce horas se acerca el fin de la jornada. Samuel desanda sus pasos de regreso al hogar. En el camino se distrae lanzando al aire un objeto particularmente pesado, es un disco duro de quizá un terabyte de capacidad; Samuel se pregunta que podrá ser aquello.

En la puerta de la casucha lo recibe su tío. A sus treinta y cinco años no para de temblar, un mal común  en la zona, lo sufren casi  todos los hombres de su edad, sobre todo los que han pasado más tiempo cerca de las “estaciones de tratamiento”. Las cantidades de metales pesados inhalados a lo largo del tiempo han destrozado sus células nerviosas, produciendo daños irreversibles en todo el sistema neurológico.


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Cómo te fue hoy, pregunta el tío, tratando de aquietar la mandíbula.  Más o menos, responde  Samuel. Apenas llegué a seis Cedi, remata encogiéndose de hombros. El Cedi es la moneda local de Ghana, seis cedis con equivalente a un dólar.

Ese día Samuel sabe que se quedó corto. Desde hace tiempo tiene un sueño por cumplir, ir a la ciudad, le queda un poco distante, tiene que tomar varios transportes para llegar. Lo que más le da ilusión de ir a la ciudad es poder ver el azul del cielo, pero para ello necesita ganar por lo menos diez cedis diarios, único modo de ahorrar para pagar el autobús. Mañana será otro día…balbucea Samuel…


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Cada siete de septiembre las Naciones Unidas (ONU) conmemora “El Día Internacional del Aire Limpio por un cielo azul”. Ha querido el Organismo Internacional que esta fecha sirva para motivar la reflexión sobre la importancia de tener un aire puro, libre de contaminación. Un indicador de la pureza del aire es precisamente la posibilidad de ver el cielo azul, lo que se ha convertido en un lujo para miles de personas en el planeta.

 Son muchas las fuentes de contaminación que enrarecen el aire y amenazan la salud de humanos, plantas y animales. Una de ellas son los desechos electrónicos. Para el año 2019 se produjeron más de cincuenta y tres millones de toneladas de estos desechos.


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De ese inmenso volumen solo el diecisiete por ciento recibe un tratamiento adecuado. El resto se quema en forma brutal para obtener metales preciosos, generando una contaminación en la que están presentes sustancias tóxicas y letales para el cuerpo.  Personas como el pequeño Samuel y su familia sufren las consecuencias de esta insensatez.


Escrito por: @irvinc

Edición e imágenes: @fermionico


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