Concurso de literatura La Abeja Obrera | Hallazgo en un bosque de ensoñación

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Fuente: Pixabay

Hola, amigos hivers. Esta es mi entrada para el Concurso de literatura La Abeja Obrera. Edición Nro. 10 promovido por @jesuspsoto. De antemano, les invito a participar.

Un día, de aquellos tan ajetreados y agobiantes, me dispuse a caminar por el bosque, bajo la sombra de los grandes árboles. Mi propósito era aliviar un poco esa carga de la rutina, observar muy de cerca la naturaleza. Respirar el aire puro y fresco era mi mayor motivación, pues me permitían olvidar las preocupaciones.

Me sentía tan a gusto que recorrí unos cuantos cientos de metros sin darme cuenta. Quizá habría caminado tanto que el paisaje lucía diferente. Había arbustos cubiertos con hermosas flores coloridas. Los picaflores hacían un leve ruido mientras posaban sobre estas para extraer su dulce néctar, y las mariposas aterrizaban de vez en cuando frente a mí.

Quise detenerme a disfrutar más de ese entorno, entonces me senté sobre un tronco de un árbol caído junto al camino. De repente algo me llamó la atención, había escuchado unas agudas vocecillas que correteaban a pocos metros de donde me encontraba. Por un instante creí haber confundido el trinar de algún pájaro con la voz de alguien. Sigilosamente di dos pasos al frente, pero el revoloteo de un ave me impedía diferenciar otros sonidos menores.

fantasy-gdf32f3da2_1280.jpg Fuente: Pixabay

Finalmente, hubo un momento de silencio, todo estaba en calma. Evidentemente, era una voz que provenía de uno de los arbustos cercanos. Me acerqué para ver que sucedía, lentamente me incliné para observar y moviendo una hoja seca descubrí algo. Se trataba de un pequeño hombrecillo verde que se escondía entre el verdor de la fresca hierba. Mi asombro era tal que por un instante sentí que me faltaba el oxígeno. Estuve unos segundos sin poder mover ni siquiera un dedo.

Al recuperarme froté mis ojos, creía estar soñando, pero no fue así. Vi al duendecillo correr bajo el arbusto hasta internarse en una especie de choza construida con finos palillos y techada con algunas hojas de color amarillento.

Instantes después salió de allí acompañado por dos duendes un poco más altos que él. Formando una fila, se inclinaron para iniciar un extraño baile. Danzaban bajo el ritmo de sus cantos. Era algo así como una bienvenida. Minutos después con un ademán me invitaron a seguirlos. El sendero estaba cubierto por las hojas secas que caían de los grandes árboles. También había pequeñas caminerías elegantes y despejadas, muy pequeñas.

Uno de estos caminos conducía a una pequeña casa construida bajo las ramas bajas de un frondoso árbol. Para subir estaba dispuesta una escalera en forma de caracol que llevaba hasta la puerta principal de la entrada.

Yo me quedé junto al árbol, al acercarme un poco más pude observar el interior de la casa a través de la ventana que estaba abierta. Adentro todo estaba sumamente ordenado. En un salón relativamente amplio albergaba cinco camas cubiertas con sábanas de vistosos colores, del tamaño de un libro.

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Según pude observar, el papá, la mamá y sus tres hijos vivían allí. Cuando llovía usaban como paraguas los hongos que crecían sobre troncos de árbol en descomposición y a manera de farol estaban varias luciérnagas que en horas nocturnas iluminaban la entrada. Era un ambiente de ensoñación. Ciertamente, todo esto era un misterio, pero había descubierto la posibilidad de que existiese una aldea completa de amables duendecillos en lo espeso del bosque.

Ya se acercaba el atardecer. Yo debía regresar inmediatamente a casa. Por el camino decidí no contarle a nadie mi experiencia. Daba igual, no creerían, o no aceptarían, la existencia de seres similares a los humanos. Lo más seguro, pensé, dirían que estaba enloqueciendo. Tal vez, porque ya empezaba a dudarlo, yo estaba experimentando alguna visión onírica.

Espero que hayan disfrutado la lectura. Quedo atenta a responder sus comentarios, dudas y sugerencias

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