Hispaliterario 10 / El último recurso (ESP-ENG)

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 La mujer corrió entre los árboles del bosque. Aún sentía la presión de la soga en las muñecas y los tobillos. Las marcas no desaparecerían tan fácilmente. Tenía un golpe en la cabeza desde la primera vez que fue violada, sangre seca en la frente y una jaqueca insoportable. De la boca para abajo —y en algunas partes del rostro— la sangre estaba fresca y se deslizaba entre los senos desnudos hasta el piercing del ombligo.

 El secuestrador había muerto horriblemente. La mujer sacó el cuchillo de caza que él tenía en la cintura y luego de varios intentos pudo liberarse de la soga. Antes de salir de la cabaña miró la escena y no pudo creer que ella había hecho algo así. Él estaba tirado en el piso, sobre un charco de su propia sangre, con los pantalones hasta los tobillos y las manos por debajo de la cintura, como si quisieran tapar el grifo que ella había abierto con los dientes.

 Sin embargo, no podía relajarse todavía. El compañero de aquel hombre regresaría en cualquier momento a la cabaña y después de ver la escena saldría a buscarla.

 Él era diferente al otro. Nunca abusó de ella y solo hablaba del rescate. Parecía estar a cargo de todo. Fue él quien habló por teléfono con su marido y le pidió cinco millones de dólares a cambio de la vida de ella. Una cantidad absurda de dinero. Pero ella sabía que su marido lo pagaría. Al fin y al cabo, podían permitírselo. Aun así, no había garantías de que la dejaran con vida.

 La mujer dejó de correr y caminó lentamente por la espesura del bosque, con el cuchillo de caza en una mano. Estaba cansada. No había comido nada desde que fue secuestrada. Los secuestradores solamente le daban agua para no matarla de sed.

 Indignada, apretó el mango del cuchillo mientras recordaba cómo habían sido los últimos días. Su respiración era entrecortada. Su corazón latía con fuerza. Detuvo sus pasos y cerró los ojos por un momento. Inhaló y exhaló aire profundamente. La humedad de la calurosa noche y los olores del bosque la hicieron sentir más tranquila. Abrió los ojos y miró alrededor. A su derecha, casi a veinte metros de distancia, había un pantano.

 No estoy lejos de la reserva, pensó.

 El día que la secuestraron había salido a caminar, como hacía cada domingo luego de una semana llena de entrevistas, viajes o grabaciones, por la reserva natural más grande del país. El lugar quedaba a pocos minutos de la ciudad y era ideal para relajarse, escapar de los ojos de los paparazzi y pasar un día normal. Allí nadie le hacía preguntas sobre su trabajo, ni la acosaban para pedirle autógrafos. La mayoría de las personas no la reconocían porque usaba gorra y lentes de sol. Y si alguna lo hacía, a veces preferían guardar silencio antes que comentarle a su acompañante en qué películas actuaba ella.

 Una hora después, divisó la carretera principal de la reserva, por la que tantas veces había pasado trotando o caminando. Aún podía ver el pantano, varios metros a su derecha. La luna estaba alta, rodeada de estrellas, brillando en el cielo despejado de aquel verano.

 La mujer subió una pendiente llena de guijarros y arbustos. Se rasguñó una costilla con las ramas de una planta que tenía espinas y estuvo a punto de caer varias veces. Finalmente, alcanzó la carretera. Se detuvo para descansar y analizar la situación. Tenía que salir de allí cuanto antes. Tomar el camino más corto. Correr. Pedir ayuda.

 Miró alrededor y encontró un cartel informativo a pocos metros de ella. Se acercó y observó el mapa de la reserva. Estaba en el punto más alejado y para llegar a la salida tenía que recorrer varios kilómetros, sin importar la dirección que tomara. La otra opción era seguir atravesando el bosque, pero no quería correr más riesgos.

 Respiró hondo para no desesperarse y caminó en dirección sur. Poco después el sonido de un motor que se acercaba la puso en estado de alerta. Se escondió detrás de un arbusto, aferrada al cuchillo de caza que tenía en la mano y esperó a que el vehículo pasara. Cuando vio que se trataba del jeep patrulla de los guardias de la reserva, salió de su escondite y gritó varias veces pidiendo ayuda, haciendo señas con ambas manos al conductor.

 El guardia frenó el jeep y bajó, sin apagar ni el motor ni las luces. Vestía uniforme y una gorra negra, calada hasta las cejas.

 —¡Ayuda, por favor, ayuda! —exclamó la mujer nuevamente, mientras caminaba hacia él. La distancia entre ambos era tanta que no podía ver bien su rostro.

 —No te preocupes. Estoy aquí para ayudarte —dijo él antes de ponerse a buscar algo entre los asientos traseros del jeep.

 La mujer dejó de caminar, aterrorizada. Aquella voz era la misma que había hablado por teléfono con su marido. Ordenó a sus piernas que se movieran, en un fragmento de segundo que le pareció una eternidad, y salió corriendo para escapar del secuestrador. El hombre sacó un bate de béisbol de los asientos traseros del jeep y corrió detrás de ella.

 —¡Corre por tu vida, perra! ¡Corre mientras puedas! ¡Cuando te agarre te destrozaré las piernas!

 La mujer, al ver que el secuestrador estaba a punto de alcanzarla, se desvío de la carretera y bajó por la pendiente que llevaba hacia el pantano. Resbaló con un guijarro y dio vueltas hasta llegar abajo. Una rama de uno de los arbustos se clavó en su hombro izquierdo mientras caía. El cuchillo de caza se le cayó de las manos y se perdió entre la hojarasca que cubría el suelo.

 El secuestrador siguió detrás de ella, sacó una linterna y descendió por la pendiente con cuidado, sin dejar de alumbrarla cada tanto. Ella permaneció tirada en el suelo, gimiendo de dolor, apoyada sobre el costado derecho de su cuerpo, tratando de pensar en algo que pudiera ayudarla.

 —¡No puedes escapar de mí! —exclamó el secuestrador cuando llegó abajo y se puso de pie al lado de ella, alumbrándola con la linterna—. ¡Qué desperdicio! Tu cuerpo es un completo desastre. No podrás volver a actuar así —añadió luego de agacharse, dejar el bate a un lado y acariciarle un mechón de cabello.

 La mujer hizo un último esfuerzo. Con la rama que antes tenía clavada en el hombro y ahora ocultaba en su mano derecha, atacó al secuestrador, aprovechando la distancia que mediaba entre ambos. Clavó con firmeza la rama en el cuello de este y se dejó caer otra vez, gritando de dolor y desesperación.

 El secuestrador se llevó las manos al cuello, sorprendido, como si quisiera sacarse la rama, pero se ahogó con su propia sangre en cuestión de segundos y cayó encima de las piernas de ella. La linterna rodó por el suelo y quedó alumbrando ambos cuerpos.

 La mujer intentó zafarse del peso de aquel hombre, sin embargo, le faltaron fuerzas para llevar a cabo esta acción y luego perdió el conocimiento.

 Al día siguiente, la noticia se hizo viral en internet.

 Esta mañana, un grupo de trabajadores de la reserva natural, ha encontrado a la desaparecida actriz porno Jessica Rivero, junto al cadáver de uno de sus secuestradores. Jessica estaba inconsciente, con múltiples golpes por todo su cuerpo, semidesnuda y casi en estado de desnutrición, luego de haber confrontado a uno de los hombres que la mantenía secuestrada, tras fugarse de la cabaña en donde tenía más de una semana siendo abusada sexualmente.

 Actualmente, la actriz se encuentra hospitalizada y está siendo atendida por los mejores médicos del país. En una reciente entrevista, su esposo Carlos Rivero, uno de los magnates de la industria petrolera, ha declarado que esto no podía seguir pasando y exigió a las autoridades una mayor eficiencia, puesto que Jessica no ha sido la única víctima de secuestro y violación en los últimos meses. Carlos también lamentó no haberse podido vengar de los secuestradores, pero dio gracias a Dios por darle fuerzas a su mujer para que esta tomara la justicia por sus propias manos.

 Los secuestradores, Juan y Henri Gonzales, hermanos que trabajaban para la reserva desde hace más de una década, tenían planeado el secuestro desde hace meses y seguían cada paso de Jessica, dada la cantidad de pruebas que se encontraron en la cabaña, que van desde recortes de periódicos, entrevistas grabadas y algunas de sus películas.


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Esta es mi participación para el Hispaliterario 10.

Las imágenes utilizadas pertenecen a Frances Yeung, Rosie Sun, Magnus Östberg y Jossie Weiss, fotógrafos de Unsplash.com


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 The woman ran through the trees of the forest. She still felt the pressure of the rope on her wrists and ankles. The marks would not go away so easily. She had a blow on her head from the first time she was raped, dried blood on her forehead and an unbearable headache. From the mouth down - and on some parts of her face - the blood was fresh and trickled down between her bare breasts to her navel piercing.

  The kidnapper had died horribly. The woman pulled out the hunting knife he had in his waistband and after several attempts he was able to free himself from the rope. Before leaving the cabin he looked at the scene and could not believe that she had done such a thing. He was lying on the floor, on a pool of his own blood, with his pants down to his ankles and his hands below his waist, as if they were trying to cover the faucet she had opened with her teeth.

 However, she could not relax yet. The man's companion would return to the cabin at any moment and after seeing the scene he would go out to look for her.

 He was different from the other. He never abused her and only talked about rescue. He seemed to be in charge of everything. It was he who spoke to her husband on the phone and asked for five million dollars in exchange for her life. An absurd amount of money. But she knew her husband would pay it. After all, they could afford it. Still, there was no guarantee that she would be left alive.

 The woman stopped running and walked slowly through the thicket of the forest, hunting knife in one hand. She was tired. She had not eaten anything since she was kidnapped. The kidnappers only gave her water so as not to kill her with thirst.

 Indignant, she tightened her grip on the knife handle as she remembered what the last few days had been like. Her breathing was ragged. Her heart was pounding. She stopped her steps and closed her eyes for a moment. He inhaled and exhaled air deeply. The humidity of the hot night and the smells of the forest made her feel calmer. She opened her eyes and looked around. To her right, almost twenty meters away, was a swamp.

 I'm not far from the reservation, she thought.

 The day she was kidnapped she had gone for a walk, as she did every Sunday after a week full of interviews, trips or recordings, through the largest nature reserve in the country. The place was just a few minutes from the city and was ideal for relaxing, escaping the eyes of the paparazzi and spending a normal day. No one asked her questions about her work, no one harassed her for autographs. Most people didn't recognize her because she wore a cap and sunglasses. And if any did, they sometimes preferred to keep quiet rather than tell their companion what movies she was in.

 An hour later, he spotted the main road of the reserve, where he had trotted or walked so many times before. He could still see the swamp, several meters to his right. The moon was high, surrounded by stars, shining in the clear summer sky.

 The woman climbed a slope full of pebbles and bushes. She scratched her rib on the branches of a thorny plant and almost fell several times. Finally, she reached the road. He stopped to rest and analyze the situation. He had to get out of there as soon as possible. Take the shortest way. Run. Call for help.

 She looked around and found an information sign a few meters from her. She approached it and looked at the map of the reserve. He was at the farthest point and to get to the exit he would have to travel several kilometers, no matter which direction he took. The other option was to continue through the forest, but he didn't want to take any more risks.

 She took a deep breath so as not to despair and walked in a southerly direction. Shortly after, the sound of an approaching engine put her on alert. She hid behind a bush, clutching the hunting knife in her hand, and waited for the vehicle to pass. When she saw that it was the reserve guards' patrol jeep, she came out of hiding and shouted several times for help, waving with both hands to the driver.

 The guard braked the jeep and got out, without turning off either the engine or the lights. He wore a uniform and a black cap, shod up to his eyebrows.

 "Help, please help!" exclaimed the woman again, as she walked towards him. The distance between them was so great that he could not see her face well.

 "Don't worry. I'm here to help you," he said before looking for something in the back seats of the jeep.

 The woman stopped walking, terrified. That voice was the same one that had spoken to her husband on the phone. She commanded her legs to move, in a split second that seemed like an eternity, and ran away from the kidnapper. The man pulled a baseball bat from the back seats of the jeep and ran after her.

 "Run for your life, bitch! Run while you can! When I catch you, I'll tear your legs to pieces!

 The woman, seeing that the kidnapper was about to catch up with her, turned off the road and went down the slope leading to the swamp. She slipped on a pebble and spun around until she reached the bottom. A branch from one of the bushes stuck in his left shoulder as he fell. The hunting knife fell from his hands and was lost in the leaf litter covering the ground.

 The kidnapper followed behind her, took out a flashlight and carefully descended the slope, still shining his light on her from time to time. She remained lying on the ground, moaning in pain, leaning on the right side of her body, trying to think of something that could help her.

 "You can't escape from me!" exclaimed the kidnapper when he arrived downstairs and stood next to her, shining the flashlight on her. "What a waste! Your body is a complete mess. You won't be able to act like that again," he added after bending down, putting the bat aside and stroking a lock of her hair.

 The woman made a last effort. With the branch that was previously stuck in her shoulder and now hidden in her right hand, she attacked the kidnapper, taking advantage of the distance between them. She firmly stuck the branch into his neck and let herself fall again, screaming in pain and despair.

 The kidnapper put his hands to his neck in surprise, as if he wanted to pull out the branch, but he choked on his own blood in a matter of seconds and fell on top of her legs. The flashlight rolled to the ground and was left illuminating both bodies.

 The woman tried to free herself from the man's weight, but she lacked the strength to do so and then lost consciousness.

 The next day, the news went viral on the internet.

 This morning, a group of workers from the nature reserve found the missing porn actress Jessica Rivero, next to the body of one of her kidnappers. Jessica was unconscious, with multiple blows all over her body, semi-naked and almost in a state of malnutrition, after having confronted one of the men who kept her kidnapped, after escaping from the cabin where she had been sexually abused for more than a week.

 Currently, the actress is hospitalized and is being treated by the best doctors in the country. In a recent interview, her husband Carlos Rivero, one of the magnates of the oil industry, has stated that this could not continue to happen and demanded more efficiency from the authorities, since Jessica has not been the only victim of kidnapping and rape in the last months. Carlos also regretted not being able to take revenge on the kidnappers, but thanked God for giving his wife the strength to take justice into her own hands.

 The kidnappers, Juan and Henri Gonzales, brothers who had worked for the reservation for more than a decade, had been planning the abduction for months and were following Jessica's every step, given the amount of evidence found in the cabin, ranging from newspaper clippings, taped interviews and some of her films.





This is my participation for the Hispaliterario 10.

The images used belong to Frances Yeung, Rosie Sun, Magnus Östberg and Jossie Weiss, photographers of Unsplash.com


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