“Si algo puede salir mal, saldrá mal.”
Ley de Murphy
Relaja tu cuerpo y respira profundo siguiendo mi ritmo –dijo la tierna Agüita en tono suave y armonioso– inhala, reten y exhala por la nariz al son de mi aliento; repitámoslo cuatro veces hasta que termine con una cuenta regresiva… cuatro, tres, dos, uno, cero. Ahora vuelve al domingo del incidente y cuenta en detalle lo ocurrido, luego suéltalo y sigue adelante en tu andar.
Hay días en los que todo se conjuga para para hacer de un momento un día perfecto, pero hay otros en donde se conjuga para que ocurra algo nefasto; así fue ese domingo.
Venía de pasar un sábado en cama, producto de una indigestión que me mantenía con dolor de cabeza y estómago, náuseas y sudoraciones; nada que no pueda quitarse con descanso y un guarapito de hierbas como solía hacerlo la abuela.
Para el domingo ya estaba mejor de los síntomas, pero una extraña pesadumbre se había apoderado de mi cuerpo; sin embargo, en contra de mi voluntad, me levante de la cama apurado, para preparar un desayuno ligero, bañarme y arreglarme para irme al trabajo dominical en el restaurante.
9:00 am: mientras desayunaba, desde el otro lado del mundo, una amiga supersticiosa me comentaba que tenía un mal presentimiento porque, tontamente se le había caído la tapa de vidrio de una olla y se había astillado en múltiples pedazos.
En la región llanera de donde somos se cree que cuando se rompen cristales en la casa es porque hay una mala energía y algo malo está por ocurrir.
10:00 am: ya en el restaurante, la sopa en el fogón de leña (picadillo llanero) estaba a punto de estar lista cuando inexplicablemente, la rejilla sobre la que descansaba la olla, se reventó y la olla fue a dar al suelo, casi haciendo perder toda la sopa, de no ser por la cocinera que aun quemando sus manos la sostuvo hasta que recibió ayuda. Uno de los ayudantes corrió a apoyarla, tropezando con la otra olla que contenía el hervido de res, casi ocasionando otra desgracia.
Las energías no estaban muy equilibradas y algo turbio se sentí en ambiente; pero el trabajo debía continuar, pues los ingresos de esas ventas aportan a la economía de tres familias directas y por lo menos diez trabajadores más.
1:00 pm: en plena faena y a la hora más concurrida, cuando las mesas están copadas y hay que acelerar el paso para atender eficiente y oportunamente a cada comensal; sin explicación se desplomó la mesa que contenía todos los platos de barro cocido, partiéndose cada uno de ellos.
El show debía continuar, así que se improvisó con las tablas de madera destinadas para la carne asada (parrillas), y los clientes continuaron degustando su comida, ajenos a todo lo que estaba ocurriendo al interior del local. No obstante, entre nosotros, comentábamos sobre la mala energía que estaba presente.
2:00 pm: una de las ayudantes de cocina, la madre de la chica a quien se le rompieran los cristales en la mañana al otro lado del mundo, se resbaló y perdió el equilibrio cayendo abruptamente de frente contra el suelo de la cocina, rompiendo su cara y llenando de sangre la zona; su mano estaba sumamente inflamada y adolorida. Sin pensarlo un segundo, abandoné mi puesto de trabajo para acompañarla al centro médico donde laboro de lunes a viernes.
No es nada fácil experimentar de primera mano las penurias de los enfermos en este paradójico país. No había gasa para limpiar la sangre de la herida, ni analgésicos, ni inyectadoras, ni suficientes guantes para atender de forma segura a los pacientes. Por lo menos estaba el personal de guardia que realizó una buena labor con los insumos que debimos comprar.
Herida en la ceja con tres puntos de sutura y fractura con desplazamiento de la muñeca, a parte de moretones y magulladuras, fue el resultado de esa caída. Ameritaba una intervención quirúrgica inmediata en alguna institución privada pues la salud pública no contaba con los recursos para atender esos casos.
No se tenía el dinero, así que volvimos al restaurante, para almorzar y evaluar las opciones y acciones próximas para solventar la situación.
Mientras comíamos, la señora –sujetando su mano adolorida– me contó que la noche anterior había soñado que entraba a la oficina donde labora de lunes a viernes, y nadie la veía, pero todos estaban llorando por alguien ausente.
Los presagios siempre estuvieron presentes, pero ninguno de nosotros atinó a prevenir el fatídico desastre de ese día. Yo, por mi parte, me retiré a casa aterrado pensando que muchas otras cosas malas podrían ocurrir antes de que la manecilla del reloj marcara el inicio de un nuevo día.
Las horas pasa, más bien los minutos y segundos, y en algún lugar alguien está siendo azotado por el destino, mientras que los presagios van dejando discretas señas que pocos o nadie logra comprender hasta que todo ya es inevitable e irreversible.
Bien. Ya sabes que el destino es irremediable para los seres comunes, pero los seres superiores lo construyen a cada instante, así que solo observa más allá de tus ojos, analiza más allá de tu mente, aprende, crece, suelta y sigue tu andar. Cuatro, tres, dos, uno, cero.
--Texto de mi autoría E.Rivera--
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